
Primera Parte
En algún momento del tercer milenio antes de Cristo, un anciano de 110 años llamado Dedi fue llevado ante el faraón Keops para hacer lo imposible. No sabemos si aquel hombre existió: lo que nos ha llegado es un relato copiado siglos después en el Papiro Westcar. Pero ese relato ya contiene, entera, la escena que seguimos representando hoy: alguien pide un prodigio, un artista impone sus condiciones, y lo imposible ocurre delante de testigos.
Cuatro mil años más tarde, hacemos lo mismo con un mazo de cartas en la mano.
Esta serie recorre esa línea larga y bastante peor conocida de lo que debería. Los griegos que jugaban con guijarros y copas invertidas en las sobremesas de un simposio. Las dos palabras que Roma nos legó sin que lo sospechemos cada vez que las decimos —prestidigitación y prestigio, ambas hijas de praestigiator—. La carta en que Séneca explicó, en el año 60, por qué no quiere que le revelen el método: la primera defensa del secreto que se ha escrito nunca. Y los siglos medievales en que declarar en voz alta «esto es solo un juego» no era un gesto de honestidad, sino de supervivencia.
Habrá también algún desmentido. Uno de los datos que más se repiten en la bibliografía divulgativa sobre magia egipcia —ese mural que supuestamente muestra a los primeros cubileteros de la historia— tiene un problema serio, y conviene saberlo antes de contarlo en escena.
En esta primera entrega llegamos hasta finales del siglo XIV. En la segunda, la imprenta, los autómatas y el hombre que sacó la magia de la barraca de feria para subirla a un teatro.
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